Audios, capturas de pantalla, relatos de padres y estudiantes circulan con rapidez en redes sociales, exponiendo una realidad que, lejos de ser nueva, parece haberse intensificado: la violencia entre niños y adolescentes dentro y fuera del ámbito escolar.
Sin embargo, el problema no se limita al acoso en sí. Lo verdaderamente preocupante es cómo lo estamos interpretando y abordando.
En muchos casos, frente a situaciones de bullying, la respuesta del sistema educativo tiende a simplificar. Se identifica una conducta disruptiva, se etiqueta rápidamente a uno o varios niños y se intenta intervenir sobre ese comportamiento sin comprender el fenómeno en su totalidad. Aquí aparece un concepto clave: los fenotipos conductuales. Los fenotipos conductuales son descripciones observables de comportamiento: impulsividad, aislamiento, agresividad, dificultad en la regulación emocional, problemas en la interacción social. Son útiles como punto de partida, pero no explican la causa.
El problema surge cuando estos fenotipos se transforman en diagnósticos implícitos o en explicaciones cerradas. Cuando un niño es definido por su conducta sin que se investigue qué está sosteniendo esa conducta.
Un niño que agrede puede estar respondiendo a un entorno hostil. Un niño que se aísla puede estar atravesando ansiedad o depresión. Un niño que no regula puede tener alteraciones en el sueño, en su alimentación o en su desarrollo neurológico. Pero si el sistema se queda en la superficie, todo se reduce a “el que molesta”, “el que no se adapta”, “el problema del aula”.
El acoso escolar, en este contexto, no es solo un conflicto entre pares. Es también un síntoma de un sistema que no logra leer lo que está ocurriendo.
Las escuelas, muchas veces, no cuentan con herramientas suficientes para abordar la complejidad actual. La sobrecarga de alumnos, la falta de formación específica en salud mental, la presión por sostener la dinámica académica y la ausencia de equipos interdisciplinarios generan intervenciones parciales y, en muchos casos, tardías.
A esto se suma un cambio cultural profundo. Los conflictos ya no quedan dentro del aula. Continúan en redes sociales, en grupos de mensajería, en entornos digitales donde la exposición es constante y la agresión puede amplificarse sin límites. El acoso ya no termina cuando suena el timbre.
Este fenómeno tiene consecuencias clínicas concretas. Aumento de síntomas de ansiedad, cuadros depresivos, retraimiento social, dificultades en el aprendizaje y, en situaciones más graves, riesgo de autolesiones. Pero nuevamente, la respuesta suele centrarse en la conducta visible. Se sanciona, se advierte, se llama a los padres. Sin embargo, pocas veces se realiza un análisis profundo del contexto: qué dinámicas grupales están en juego, qué rol cumplen los adultos, qué condiciones emocionales y biológicas tienen los niños involucrados.
El sistema escolar necesita una revisión urgente.
No alcanza con protocolos formales si no hay comprensión real del problema. No alcanza con identificar “víctimas” y “agresores” si no se interviene sobre el grupo, sobre el clima institucional y sobre las condiciones individuales de cada niño. Incorporar una mirada más compleja implica, también, salir del reduccionismo conductual. Implica entender que la conducta es un lenguaje. Que expresa algo. Que no aparece en el vacío. Y esto requiere formación, tiempo y decisión institucional. También requiere trabajar con las familias. Porque muchas veces, lo que ocurre en la escuela tiene continuidad en el hogar y en el entorno digital. Sin un abordaje conjunto, cualquier intervención queda incompleta.
El desafío no es menor. Pero ignorarlo tiene un costo alto.
Cada mensaje que circula, cada caso que se viraliza, no es solo una noticia. Es una señal de que algo no está funcionando. Y mientras sigamos respondiendo desde la superficie, vamos a seguir viendo las consecuencias. El acoso escolar no se resuelve solo corrigiendo conductas. Se resuelve entendiendo qué las genera.
Columna de opinión Dra. Florencia Sanabria. Médica especialista en
Neuro Desarrollo para Niños y Adolescentes