martes 16 de abril de 2024
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SALUD

¡Qué brujo es el amor!

Hace un tiempo un vecino arrabalero y bandoneonista me acercó al 2×4 y me ayudó a despuntar las ganas de aprender a bailarlo. Tango… género musical potente, complejo, y desbordante de sensualidad que supo escandalizar a la sociedad rioplatense de una época; y que comprende  no solo la música y el baile, sino la poesía de sus letras.

Desengaños amorosos como tema central. Hombres guapos que se animan a mostrar su desconsuelo, que lloran y se emborrachan por desamor, que cantan las desilusiones a corazón abierto, y que sin perder la postura exponen a viva voz la profundidad de su sufrimiento.

Me calcé un par de tamangos y ahí salí pa´la milonga!

A medida que la clase progresaba me iba encontrando no solo con el ritmo, sino con similitudes entre las parejas de baile y algunas escenas de la vida conyugal.
Al parecer las féminas le agarramos la vuelta más rápido al ritmo canyengue, entonces naturalmente intentamos llevar la batuta. Acá viene la primera marcación que resuena como un trueno a los espíritus feministas: “Dejá…dejá que el hombre te lleve!”

Epa! Recién arrancamos, y ya se abrieron las controversias…

Creo que en otra época, cuando el tango desembarcó en el alma porteña, estas cuestiones no presentaban conflicto. El varón marcaba y la mujer aceptaba sintiendo el orgullo de ser conducida (lejos estaba la vivencia de sometimiento).
Pero cómo nos dejamos conducir por alguien que “aparentemente” no agarra el paso?
Y si tomamos un bailarín “con calle” un experto marcador, nos sentimos erráticas y dominadas,  marcando con el peso del cuerpo nuestra propia resistencia a ser conducidas.

Entiendo que en los vínculos afectivos actuales se lograron importantes paridades, pero en algunos aspectos todavía no terminamos de ponernos de acuerdo.
El que tiene que marcar no marca, justamente porque se siente marcado…y perdido. La que tiene que desplegar coreografía no despliega porque se siente confundida… y sola. Se demuestra una vez más que, aún cuando dos personas técnicamente pretenden “emparejarse en una pareja”,  y no lo trabajan desde otro plano más integrador;  en los hechos mostrarán una danza rematada como un baile errático y confuso.

Dicen que buen bailarín es aquel que sabe liderar, el que con su marca clara y armoniosa contribuye a la dinámica de la pareja; así su bailarina no solo podrá interpretarlo sino que también aportará la belleza y sensualidad a través de la emoción rítmica que llevan suspasos

Muchas veces, terminamos lastimosamente danzando alrededor de nuestras propias tensiones; distanciándonos de la mirada sutil de la seducción; negándonos a concordar marcaciones. Parece que “no le encontramos la vuelta” a la conciliación de la vida en pareja, y decidimos de maneras egoístas  aplicar nuestros propios estilos.
Se imaginan lo que sucede cuando dos bailarines imponen sus individualidades?
Qué tipo de danza representarán? Será factible darle un estilo a algo que solo responde a una conexión formal? Lograrán sus cuerpos unirse armoniosamente en algún momento?

Todavía tanto para los hombres como para las mujeres, entender y recrear una pareja que se  complemente como en el tango nos resulta una asignatura difícil.
Por suerte finalizando la clase, en el momento de intercambiar parejas, un tanguero de ley, de los que caminan con andar de compadrito,  “me tiro la justa”: “Nena, en el tango como en la vida el hombre propone y la mujer dispone. Yo te marco y vos elegís la figura. Agarrate de mi mano que sin soltar ni pisotearnos, hay lugar para los dos!”

Así vamos conectando y entre tanto sacarle viruta al piso, ahora tengo la convicción que hay mucho por aprender, y mucho por conciliar. Tengo además  la certeza de que los tres elementos donde se sostiene el tango,  funcionarían “como un batacazo” si los incorporáramos naturalmente como ítems primordiales en nuestra vida conyugal:

1) EL ABRAZO para escuchar el cuerpo del otro e integrarlo
2) CAMINAR LENTO para poder comunicar claramente, evitando confusiones de arrebato;  siendo receptores y emisores de la emoción que sentimos
3) IMPROVISACIÓN para poder recrear según  la música el baile adecuado; así los pasos, las figuras y los movimientos van logrando una conexión que se siente tanto desde lo íntimo, como desde la armonía visible en lo exterior.

Fin de la milonga, y no es chamuyo que tanto meditar me estalla la sabiola!

…Y todo a media luz
¡Qué brujo es el amor!
A media luz los besos
A media luz los dos…

alejandradaguerre@gmail.com

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