Esta pandemia puso a la escuela en jaque de tal forma, que obligó a repensar toda la institución educativa. Los sentidos, modos y saberes escolares conocidos quedaron suspendidos, al mismo tiempo que hubo que dar respuestas a preguntas nunca antes imaginadas.
Solicitadas con una urgencia que, en muchos casos, hizo focalizarse en la función más utilitaria de la escuela. Pero, ¿Pudo la propuesta de enseñanza virtual habilitar los aprendizajes que acontecen en los pasillos, en los recreos, en los silencios y en el griterío? ¿Pudo la mirada del docente atravesar la pantalla, para sostener y alojar las subjetividades de sus estudiantes?.
La escuela entró a las casas y las casas a la escuela. La superposición de roles, tiempos y espacios resquebrajó ese ordenamiento extraño y artificial que, con sus ritos y rutinas organizaba la experiencia escolar. Esa que, además de los cuadernos, la tinta, las cuentas y los cuentos, permitía el encuentro con los otros.
Sabemos que la escuela es un escenario donde se construyen sentidos de identidad y de pertenencia a partir de los vínculos entre adultos y pares. El acto pedagógico necesita de cuerpos que sostengan la tarea de educar y de aprender, que le den sentido al estar con otros, que sea albergado en la trama vincular compartida. La convivencia permite el reconocimiento del límite para que aparezca la conversación, el conflicto y se construya lo común, por fuera de lo familiar. Entonces, ¿Qué espacios y tiempos ofrece la escuela hoy para el acontecimiento y para que la conversación, en tanto reconocimiento de lo singular y de lo colectivo suceda? ; ¿Cómo puede la escuela construir nuevos modos vinculares y sostener lo propio de la escuela, fuera del espacio físico de la institución?.
No se puede volver a la escuela de antes, ni es deseable que eso suceda. Sí podemos frenar el ritmo vertiginoso de los tiempos actuales, la demanda al aspecto tecnocrático de la institución escolar, y dar lugar a la pregunta y a la escucha, para imaginar qué escuela queremos y qué es lo que más queremos de la escuela.
La importancia de las relaciones afectivas en esta etapa vital nos puede servir de norte en estos mares tormentosos. Un espacio-tiempo pensado y destinado para las infancias, para el aprendizaje. No como instrucción (sombra flaca y pobre de la función de la escuela) sino como educación, como conocimiento y experiencia del mundo y de lo que allí sucede.
La vuelta a las clases tiene que celebrar la presencia, valorizar los vínculos que permiten que el acontecimiento educativo ocurra. Soñar juntos una educación desde el cuidado y la ternura, dibujar un horizonte, contagiar alegría y festejar el encuentro.
Por Lic. Magdalena Arias MP. 99.196 Licenciada en Psicología y Coordinadora de la Licenciatura en Psicología en Tigre de la Universidad ISALUD