A quince años de su nacimiento, el Programa de Rehabilitación y Externación Asistida (PREA) del Hospital Neuropsiquiátrico Estévez, ubicado en la localidad bonaerense de Temperley, cuenta con más de 80 mujeres que salieron de la internación y lograron vivir en la comunidad, recomponer sus vínculos afectivos y sociales, trabajar y convertirse en agentes de salud para dar testimonio de que la desmanicomialización es posible en el marco del Día Mundial de la Salud Mental que se conmemora mañana.
“Cuando vos tenés un ataque de hígado, luego de que se pasa no le estás diciendo a la gente: ‘tuve esto, quizás se me repite, a pesar de que sos una persona que se tiene que cuidar con las comidas. En cambio cuando vos tenés un problema mental, el resto de tu vida la gente piensa que sos pirulo, que mentís, que sos agresivo o agresiva”, describe Angie a Télam, una de las integrantes del PREA externada del Estévez.
La estigmatización es, según la coordinadora del PREA, la psiquiatra Patricia Esmerado, “constitutiva de la enfermedad mental, no es un daño colateral, es parte de la enfermedad y es vergonzante. Hasta hace pocos años atrás, cuando alguien estaba internado en el barrio se comentaba en voz baja”.
“Afortunadamente esto va cambiando. Nosotros no hemos tenido problemas con vecinos de ninguna de las 16 casas que tenemos, ya no les tienen miedo. Y esto es lógico en parte, porque si vos tenés frente una persona desalineada, sucia, que delira le vas a tener miedo. Ahora si en su lugar ves a una mujer como las chicas del PREA que están sonrientes, arregladas, que se manejan normalmente, ¿qué miedo les podés tener?”, señala Esmerado.
Pero esta transformación no es, claramente, sólo producto de la voluntad de las pacientes. Para Esmerado, “los profesionales son los primeros que deben revisar sus prácticas, es más, te diría que cuando surgió el PREA el principal obstáculo era interno. Yo soy médica, otros son psicólogos, otros trabajadores sociales pero todos fuimos formados pensando al enfermo de salud mental que si no tiene donde ir tiene que estar en el hospital psiquiátrico. Hay que romper con eso”.
Cuando en 1999 llegó al hospital una resolución del Ministerio de Salud bonaerense para comenzar a pensar dispositivos para la desmanicomialización (esto es para un tratamiento comunitario de los enfermos de salud mental en lugar de internarlos en neuropsiquiátricos) desde la institución se realizó una doble convocatoria: por un lado a profesionales que les interesara, por el otro a pacientes que quisieran salir.
“No teníamos ni la más pálida idea de qué se trataba esto, pero con el sólo hecho de que nos dijeron que podíamos recuperar la libertad, que íbamos a volver a vivir en la comunidad, a votar, a decidir qué comer, cómo vestirnos, que hasta existía la posibilidad de que consiguiéramos un trabajo o una pensión, nos parecía maravilloso, inimaginable”, recuerda Angie y todavía se entusiasma.
Durante un año profesionales y pacientes se reunieron una o dos veces por semana para delinear la letra de este programa hasta que aparecieron las primeras viviendas para alquilar.
“Yo había estado siete años internada. Al principio fue un poco duro salir, pero nos sentíamos muy preparadas para eso.
Sabíamos viajar en colectivo, hacer mandados, por supuesto que nos higienizábamos solas y todas estábamos convencidas de que queríamos estar mejor, y así fue”, narra por su parte Lucía, amiga entrañable y compañera de vivienda de Angie desde hace 15 años.
Una vez afuera, Lucía pudo recuperar el vínculo con su hija, interrumpido prácticamente durante los años de internación, y pudo, además, capacitarse como bibliotecaria, tarea que desempeña en el Centro Comunitario Libremente, un espacio creado por el PREA que funciona como centro cultural barrial.
La felicidad que se ve en los rostros, se escucha en los cantos y se espía en las conversaciones entre las pacientes externadas y entre el equipo profesional que circulan por el Libremente festejando los 15 del PREA, se traduce también en palabras en la voz de Angie que repasa su vida luego de salir del hospital: estudió bibliotecología, computación, ceremonial y protocolo y organización de eventos.
“Pero lo que más me llenó el alma fue comenzar a participar de Adesam, la Asociación por los Derechos en Salud Mental, y la creación de los “Patas Arriba” que son encuentros en pos de los derechos humanos de las personas con enfermedades mentales”, describe Angie.
Fue precisamente en el Patas Arriba de 2013 cuando se reencontró con un médico que había sido residente en el Estévez y se encontraba trabajando en el Ministerio de Salud de la Nación, donde se estaba creando una consejería en salud mental basada en usuarios y familiares.
“Me convocaron para trabajar en este espacio. Nuestra tarea es estrechar lazos, crear vínculos, ser facilitadores, mediadores y capacitadores desde nuestra experiencia en apoyo a los distintos programas que vehiculicen la desmanicomialización de la mejor manera posible de acuerdo a cada caso, tratando de que se cumpla la Ley Nacional de Salud Mental”, detalla.
Y añade: “En este recorrido de los diferentes neuropsiquiátricos del país nos hemos encontrado con cosas tremendas. Por ejemplo, en un hospital en el sur pedimos ver a los internos y nos meten en el office de enfermería y nos traen a cuatro personas custodiadas por un policía armado. Todos estaban sucios y nos miraban con cara de terror. En ese lugar no había ni un taller, nada”.
De mil mujeres internadas en el Estévez quedaron 700. “Para nosotros es una cifra baja porque hemos conseguido que de 100 personas que teníamos por pabellón, hoy haya 70. Muchas de estas mujeres se encuentran en situación asilar, es decir, porque no tienen recursos económicos o sociofamiliares para poder salir de allí por más que se encuentran compensadas”, explica
Esmerado.
La reducción de la internación no sólo es consecuencia del PREA sino del refuerzo del Servicio de Crisis del hospital, que es donde es atendida la persona que se descompensa: “Allí tenemos un área de internación donde el paciente queda pocos días, dos semanas como mucho, y la idea es que de allí vaya a terminar la recuperación en su casa. Antes una persona internada no estaba menos de tres meses”.
Esmerado hace un repaso de algunas de las historias y busca los denominadores comunes: pérdidas de propiedades, y, tal vez lo más doloroso, rupturas de vínculos familiares y sociales.
“Todas esas cuestiones de identidad, de pertenencia, de propiedad durante los años de internación quedan como suspendidas, como congeladas, y cuando la persona sale se encuentra con un panorama totalmente diferente al que existía hacía 20 años y esto es muy doloroso”, sostuvo.
Y concluyó: “Por eso la apuesta es la externación lo más pronta posible y la eliminación de estos hospitales monovalentes, el tratamiento de las personas dentro de la comunidad. El PREA nos muestra que es posible, sólo hay que estar dispuesto escuchar, a aprender, a conocer experiencias y a crear, junto a los pacientes, esas nuevas realidades para ellos y para todos”.