La compañía de danza integradora “Grupo Alma”, pionera en país, derriba prejuicios sobre la discapacidad y propicia una nueva mirada sobre el cuerpo a partir de espectáculos que mezclan bailarines en silla de ruedas con otros que no las utilizan, con la convicción de que el arte es un derecho de todos.
“La nuestra no es una danza para discapacitados sino una que apoya la potencialidad de cada persona haciendo realidad el concepto de inclusión, desafiando los límites que la vida impone y abriendo nuevas puertas a los bienes culturales”, explicó Susana González Gonz, fundadora y directora del Grupo Alma.
La compañía, creada hace 17 años, tendrá un papel protagónico -junto con su par de Uruguay- en el Primer Encuentro Rioplatense de Danza Integradora, que se realizará el próximo fin de semana previo al primer encuentro latinoamericano en esta disciplina.
El programa para el 27 y 28 de este mes abarca conferencias, charlas abiertas y espectáculos en tres sedes: el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA) y las universidades de San Martín y Avellaneda.
El grupo surgió a partir del proyecto “Todos podemos bailar” y su cuerpo de baile está formado por artistas que pasaron por la cátedra de danza integradora del IUNA, seminarios y talleres abiertos a la comunidad que allí se dictan, otras dos iniciativas de González Gonz.
“La nuestra no es una danza para discapacitados sino una que apoya la potencialidad de cada persona haciendo realidad el concepto de inclusión”
Susana González Gonz, fundadora del Grupo Alma Uno de sus principales objetivos es combatir tanto los prejuicios sobre la discapacidad como los imperativos del cuerpo perfecto que circulan en la sociedad y terminan atentando contra el desarrollo pleno de las personas.
“Vemos que hay más prejuicios en quien no tiene discapacidad que en quien la tiene, y esto ocurre porque nunca nos enseñaron que nuestro cuerpo de un día para el otro puede pasar a un estado diferente”, señaló.
La sociedad actual “está exagerado el culto al cuerpo perfecto y bello, que además tiene que serlo para siempre. La sociedad no está acostumbrada a ver cuerpos que, no teniendo eso, de pronto estén en un escenario y transmitan emociones”, agregó.
La danza integradora, indicó, también propicia “un cambio en la concepción de las limitaciones”, porque a través de ella las personas con y sin discapacidad pueden aprender y desarrollar una disciplina artística, alcanzado metas insospechadas pues “nadie sabe lo que puede un cuerpo”.
González Gonz explicó que, a diferencia de la tradicional, esta danza hace mucho más hincapié en la expresión y comunicación que en la técnica, “en ser competente más que en competir, en la persona como sujeto de necesidad y deseo más que en el individualismo puro”.
Y los beneficios de su práctica recaen tanto sobre los bailarines en sillas de ruedas como en aquellos que nos las necesitan.
Gabriela Torres, de 35 años y usuaria de silla de ruedas desde que tenía 2 como consecuencia de un accidente, lleva ya una década en el Grupo Alma, al que se integró luego de participar en los talleres abiertos a la comunidad.
“Llegué a este espacio desde el lugar de una persona con discapacidad que buscaba algo para hacer y a la que se ofrecían deportes o actividades, pero siempre desde un lugar muy pasivo. Yo quería salir de eso, y el hecho de bailar y mostrar el cuerpo es maravilloso”, contó a Télam.
La silla de ruedas “siempre fue mi conexión a la vida. Con ella recorrí todos los caminos comunes y contiene cada locura que se me ocurrió. Eso también me dio la posibilidad de llegar a los ´veintipico´ y decir, por qué no este lugar. Hoy me encuentro como una persona con discapacidad pero bailarina, y eso -dijo- se salió del molde”.
Pablo Rafael Pereyra llegó al grupo hace cuatro años a partir de un taller que González Gonz daba en el profesorado de Educación Física al que asistía.
El grupo “busca una transformación a nivel social y lo mismo sucede en lo personal, porque te abre a posibilidades que uno no sabía que existían. A mi puntualmente me pasó que comencé a entender el cuerpo desde otra perspectiva, menos como una máquina”, comentó.
“Al principio yo era muy cerebral, pensaba mucho las cosas y las ejecutaba perfectas, pero no disfrutaba como lo estoy haciendo ahora. Sobre el escenario somos todos personas que bailamos, luego uno puede estar con silla o sin silla”, apuntó.
Lucrecia Rosetto, de 25 años, es la más nueva del grupo. Ingresó en marzo, también luego de haber cursado danza integradora como materia en el IUNA.
“Es un desafío muy grande porque me da la posibilidad de conocerme y bailar desde otro lugar. Yo vengo de la danza clásica, entonces es todo muy estructurado, muy técnico. Poder bailar a partir de una emoción es muy nuevo y súper placentero”, afirmó.
Las personas interesadas en esta propuesta pueden obtener más datos en www.danzaintegradora.com.ar