El pasado 22 de septiembre se cumplieron 100 años de la promulgación de la Ley 11.357 en Argentina, un quiebre histórico que comenzó a transformar, de raíz, la relación de las mujeres con el dinero.
La herencia de la dependencia: Un sesgo generacional
Estamos hablando de generaciones enteras que fueron educadas bajo la premisa indiscutible de que los varones debían administrar los bienes, las inversiones y el patrimonio familiar .
En la serie de Moria Casán, hay una escena clave que retrata a la perfección este choque cultural: su paso por las escalinatas y aulas de la Facultad de Derecho. Las dinámicas de esa época, la soberbia del entorno y la propia expresión de “La One” en pantalla lo dicen todo sin necesidad de subtítulos. Era el retrato vivo de un sistema diseñado para dejar a las mujeres fuera de las decisiones macro.
Esas mismas mujeres que crecieron bajo ese modelo educaron a los hijos e hijas de hoy, tomaron decisiones en el núcleo de sus familias y moldearon las estructuras de nuestras empresas actuales.
Desaprender para facturar: Las leyes cambian primero, los sesgos después
La relación con las finanzas no es innata, se aprende: quién administra el día a día, quién toma el riesgo de invertir, quién genera el superávit y de quién es, finalmente, la propiedad de los bienes.
La historia argentina nos demuestra que la deconstrucción económica sigue un orden lento pero firme:
- Las leyes cambian primero (el marco legal evoluciona).
- Las prácticas cambian después (las mujeres ocupan los espacios y el mercado).
- Los sesgos se transforman muchísimo más tarde (la autopercepción de valor y la negociación real).
A un siglo del puntapié inicial de la Ley 11.357 de Derechos Civiles de la Mujer, la verdadera autonomía financiera ya no se debate en tribunales, sino en la psicología cotidiana del mercado laboral: en animarse a cobrar lo que corresponde y en eliminar la culpa al hablar de rentabilidad.
La lección histórica quedó clara, y el mandato de negociación sigue más vigente que nunca: de lo que te ofrezcan, siempre pedí el doble.